1 Santa
María es —así la invoca la Iglesia— la Reina de la paz. Por eso, cuando se
alborota tu alma, el ambiente familiar o el profesional, la convivencia en la
sociedad o entre los pueblos, no ceses de aclamarla con ese título: «Regina
pacis, ora pro nobis!» —Reina de la paz, ¡ruega por nosotros! ¿Has probado, al
menos, cuando pierdes la tranquilidad?... —Te sorprenderás de su inmediata
eficacia.
Surco, 874
2 Fomenta,
en tu alma y en tu corazón —en tu inteligencia y en tu querer—, el espíritu de confianza
y de abandono en la amorosa Voluntad del Padre celestial... —De ahí nace la paz
interior que ansías.
Surco, 850
3 Un
remedio contra esas inquietudes tuyas: tener paciencia, rectitud de intención,
y mirar las cosas con perspectiva sobrenatural.
Surco, 853
4 Aleja
enseguida de ti —¡si Dios está contigo!— el temor y la perturbación de
espíritu...: evita de raíz esas reacciones, pues sólo sirven para multiplicar
las tentaciones y acrecentar el peligro.
Surco, 854
5 Aunque
todo se hunda y se acabe, aunque los acontecimientos sucedan al revés de lo
previsto, con tremenda adversidad, nada se gana turbándose. Además, recuerda la
oración confiada del profeta: “el Señor es nuestro Juez, el Señor es nuestro
Legislador, el Señor es nuestro Rey; El es quien nos ha de salvar”.
—Rézala devotamente, a diario, para acomodar tu
conducta a los designios de la Providencia, que nos gobierna para nuestro bien.
Surco, 855
6 Si
—por tener fija la mirada en Dios— sabes mantenerte sereno ante las
preocupaciones, si aprendes a olvidar las pequeñeces, los rencores y las
envidias, te ahorrarás la pérdida de muchas energías, que te hacen falta para
trabajar con eficacia, en servicio de los hombres.
Surco, 856
7 Cuando
te abandones de verdad en el Señor, aprenderás a contentarte con lo que venga,
y a no perder la serenidad, si las tareas —a pesar de haber puesto todo tu
empeño y los medios oportunos— no salen a tu gusto... Porque habrán “salido”
como le conviene a Dios que salgan.
Surco, 860
8 Cuando
se está a oscuras, cegada e inquieta el alma, hemos de acudir, como Bartimeo, a
la Luz. Repite, grita, insiste con más fuerza, «Domine, ut videam!» —¡Señor,
que vea!... Y se hará el día para tus ojos, y podrás gozar con la luminaria que
El te concederá.
Surco, 862
9 Lucha
contra las asperezas de tu carácter, contra tus egoísmos, contra tu comodidad,
contra tus antipatías... Además de que hemos de ser corredentores, el premio
que recibirás —piénsalo bien— guardará relación directísima con la siembra que
hayas hecho.
Surco, 863
10 Tarea
del cristiano: ahogar el mal en abundancia de bien. No se trata de campañas
negativas, ni de ser anti-nada. Al contrario: vivir de afirmación, llenos de
optimismo, con juventud, alegría y paz; ver con comprensión a todos: a los que
siguen a Cristo y a los que le abandonan o no le conocen.
—Pero comprensión no significa abstencionismo, ni
indiferencia, sino actividad.
Surco, 864
11 Por
caridad cristiana y por elegancia humana, debes esforzarte en no crear un
abismo con nadie..., en dejar siempre una salida al prójimo, para que no se
aleje aún más de la Verdad.
Surco, 865
12 Paradoja:
desde que me decidí a seguir el consejo del Salmo: “arroja sobre el Señor tus
preocupaciones, y El te sostendrá”, cada día tengo menos preocupaciones en la
cabeza... Y a la vez, con el trabajo oportuno, se resuelve todo, ¡con más
claridad!
Surco,
873
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