La crisis de nuestro tiempo ha pasado ya del terreno cultural y moral al psicológico, entendiéndose la psicología en su sentido etimológico de ciencia del alma. Si la moral establece las leyes del comportamiento humano, la psicología investiga la vida cognoscitiva y afectiva del hombre. El hombre es un compuesto de cuerpo y alma, y el alma –principio vital del cuerpo– posee dos facultades primarias: inteligencia y voluntad. Como ser corpóreo que es, el hombre está dotado de sentidos internos y externos que participan de su proceso cognoscitivo. Cuando las facultades primarias y secundarias del hombre están ordenadas, su personalidad se desarrolla armoniosamente, mientras que en la esfera oscura del hombre en la que las tendencias sensibles se encuentran con las facultades espirituales se desarrollan las pasiones desordenadas se produce en el alma una situación de desequilibrio que puede acarrear la ruina moral y psicológica. Cuando pierde de vista el único y verdadero fin de su vida, que es nuestra santificación y la gloria de Dios, el hombre se arriesga al colapso psicológico.
Cabría objetar que muchas personas, a pesar de haber
perdido de vista el fin primario del hombre, parecen psicológicamente
tranquilas y viven sin problemas. No obstante, la estabilidad psicológica que
proporcionan la salud, el dinero y los afectos mismos no es sino aparente. Las
personas en apariencia fuertes pero privadas de Dios son como la casa
construida sobre la arena de la parábola evangélica. Basta la pérdida de uno
solo de los falsos bienes en que se apoyan para desencadenarles una crisis
psicológica. ¿Y qué pasa cuando lo que pone en riesgo su vida no es la pérdida
de bienes individuales sino desgracias sociales como una guerra o una pandemia
que aqueja a la sociedad? En ese caso se cumplen más que nunca las palabras del
Evangelio: «Las lluvias cayeron, los torrentes vinieron, los vientos
soplaron y se arrojaron contra aquella casa, y cayó, y su ruina fue grande»
(Mt.7,27).
Cuando atravesemos tiempos turbulentos debemos comprender
que sólo en nuestro interior podemos encontrar la solución a los problemas que
nos afligen. La que libramos no es una batalla política, social ni sanitaria;
somos soldados que combatimos una larga guerra contra el mundo, la carne y el
demonio, guerra que se remonta a la creación del mundo. Como explica Réginald
Garrigou-Lagrange (1877-1974), «lo único necesario para cada uno de nosotros es
una vida interior» (Las tres edades de la vida interior). La verdadera vida del
hombre no es ciertamente la superficial y exterior del cuerpo, destinada a
decaer y morir, sino la inmortal del alma, que encamina sus potencias en la
dirección correcta.
Dios no nos pide salvar la sociedad. Lo que nos pide es
que salvemos el alma y le glorifiquemos, incluso en lo social, dando testimonio
público de la verdad del Evangelio. Sólo Dios puede salvar a la sociedad, y lo
hace por medio de la Iglesia, que nunca pierde sus notas distintivas, empezando
por su santidad intrínseca. Para estos tiempos de malestar y extravío
generalizado, escribe igualmente el P. Lagrange: «Cada uno de nosotros tenemos
necesidad de pensar en la única cosa necesaria y pedir al Señor santos que no
vivan sino motivados por dicho pensamiento y sean los grandes animadores que
necesita el mundo. En las épocas más turbulentas, como la de los albigenses, y
más tarde con la aparición del protestantismo, el Señor envió innumerables
santos al mundo. Y hoy en día la necesidad no es menos acuciante» (Las
tres edades de la vida interior).
Don Próspero Guéranguer dice ni más ni menos lo mismo
(1805-1875): «En su infinita justicia y misericordia, Dios prodiga los santos a
lo largo de los tiempos, o bien decide no concederlos, porque, si se nos
permite expresarlo de esa manera, es necesario el termómetro de la santidad
para verificar las condiciones de normalidad de una época o una sociedad» (Le
sens de l’histoire, in Essai sur le naturalisme contemporain, Editions
Delacroix, 2004, p. 377).
Eso quiere decir que hay siglos más parcos y siglos más
generosos en lo que se refiere a las gracias que Dios distribuye para llamar a
la santidad. El siglo XV fue pobre en santos, mientras que el XVI abundó en
ellos. El siglo XX ha sido de escasez, salvo unas pocas excepciones luminosas.
¿Será el XXI un siglo de generosa correspondencia a la gracia? ¿Qué temperatura
señala el termómetro espiritual de nuestro tiempo?
Si echamos un vistazo a nuestro alrededor no vemos los
grandes santos que nos gustaría que surgiesen a nuestro lado para sostenernos.
Pero quizás olvidemos que la vara de medir de la santidad no es la existencia
de milagros espectaculares, sino la capacidad de las almas para vivir día tras
día abandonadas a la Divina Providencia. Así hizo San José, modelo de santidad,
combatiente silencioso y fiel, alma activa y contemplativa y ejemplo perfecto
de equilibrio de todas las virtudes naturales y sobrenaturales.
Nadie como San José sabía mejor lo frágil que era el
Imperio Romano por debajo de las apariencias, y nadie conocía mejor que él la
perfidia del Sanedrín, y aun así se atuvo a la ley romana en lo referente al
censo y a las prescripciones judías a la hora de circuncidar a Jesús. En ningún
momento incitó a la rebelión violenta contra la autoridad. Su corazón no
conocía la ira sino la serenidad, y no conocía otro odio que hacia el pecado.
Ya ha concluido el Año de San José que proclamó el papa Francisco, pero la
devoción al santo carpintero debe seguir estimulando a los católicos fieles a
aspirar a la santidad, que alcanza la cúspide en Jesucristo. Únicamente Él, por
Sí mismo, posee la plenitud absoluta y universal de la gracia, y sólo Él hace a
los grandes santos. Hoy más que nunca tenemos necesidad de santos, de hombres
justos y equilibrados que vivan según su razón y su fe sin caer en el
desaliento y confiando nada más en el auxilio de la Divina Providencia y de la
bienaventurada Virgen María.
Traducido por Bruno de la Inmaculada
Tomado de: https://adelantelafe.com/la-santidad-unica-solucion-a-la-crisis-de-nuestro-tiempo/
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